Sobre Lelita

Hola, soy Lelita 💛
Tengo 93 años y llevo toda la vida cocinando para quienes amo.
Mi historia
Nací en Osorno, en el sur de Chile, hace 93 años. Crecí rodeada de campos verdes, lluvia en el techo de zinc, y el olor a pan recién horneado que salía de la cocina de mi madre.
Mi mamá cocinaba de memoria. No tenía recetas escritas. Todo lo hacía con las manos, con el olfato, con el cariño. Yo aprendí mirándola — así como ella había aprendido mirando a la suya.
Así pasaron los años. Me casé, tuve hijos, después nietos. Cociné miles de veces las mismas galletas que mi mamá me enseñó, y cada vez eran distintas, porque cada vez las cocinaba con una historia diferente: un nieto que venía de visita, una tarde de lluvia, unas ganas de consentir a alguien que lo necesitaba.
Nunca pensé que lo que hacía en mi cocina pudiera importarle a alguien más allá de mi familia. Cocinar era algo de casa, algo callado, algo que se hacía porque se hacía.
Hasta hace un par de años.
A los 92 años, en las redes
Un día, mi hija me dijo: "Lelita, ¿por qué no grabamos un video en la cocina? A la gente le va a gustar." Yo le dije que no, que quién iba a querer ver a una vieja cocinando galletas. Pero me insistió, y terminé grabando.
Al principio éramos dos mil seguidores. Después cinco mil. Después veinte mil. Hoy somos más de 150 mil personas en Instagram, Facebook y TikTok — mujeres de Chile, de España, de Argentina, de Venezuela, de México, de Estados Unidos, de Australia — que me escriben cada día para contarme cosas hermosas.
Me dicen: "Lelita, me recuerdas a mi abuela." Me dicen: "Hice tus galletas y mi hija lloró de felicidad." Me dicen: "Desde que te veo, me dieron ganas de volver a cocinar." Y esos mensajes — no exagero — me cambiaron la vida.
Descubrí algo que no sabía: que las recetas que yo cocinaba en silencio, en mi cocina de siempre, eran importantes para otras personas. Que lo que yo consideraba "solo galletas" eran, para muchas, un pedacito de hogar que creían haber perdido.
Mi misión
Hoy tengo 93 años. No sé cuántos años más voy a poder seguir cocinando frente a una cámara. Pero sí sé algo con certeza: la comida casera de antes no puede perderse.
Las recetas de mi mamá, de mi abuela, de las mujeres que vinieron antes de mí — esas recetas son un tesoro que no está en ningún libro, ni en ninguna escuela de cocina, ni en internet. Son recetas que se aprenden viendo, oliendo, probando. Y cuando las mujeres que las guardan se van, esas recetas se van con ellas.
Mi misión — la razón por la que ahora escribo, grabo, y hago libros — es que eso no pase. Que estas recetas, estos sabores, esta forma de cocinar con amor, sigan vivos en otras cocinas. En la tuya, tal vez.